David Silvestre
Las aldabas resonaron y se abrieron las puertas de palacio. ¡Su Majestad el rey! La reina estaba apostada en un recodo junto a un ventanal gótico, abierto a la intemperie, donde la luna apenas llegaba a entibiar con sus rayos. Ella daba la espalda, y sintió como pesadas mazas de acero a cada (...)